A Alfredo (nombre ficticio) le costaba dormir. La ansiedad que le provocaba el trabajo le tenía en un estado de tensión constante. Una breve visita al médico le bastó para conseguir la receta de una pastilla que se convertiría en su compañera de viaje durante años: un ansiolítico. Tan inseparables se hicieron que tardaron 5 años y un accidente de coche en terminar su relación. Supuso el fin de su idilio con las benzodiacepinas.
Puede que gran parte de la población no sepa identificar estos medicamentos, pero si hablamos de Valium, Orfidal, Lexatín o cualquiera de los numerosos acabados en -Zepam, como Diazepam o Lorazepam, muchos lo localicemos en casa. En España, según datos del Ministerio de Sanidad, una de cada diez personas toman estos fármacos a diario, siendo uno de los países de la Unión Europea que más consumen.
Medicalizar los problemas: doparse para vivir
El exceso de trabajo fue lo que llevó a Alfredo a comenzar a consumir ansiolíticos, pero detrás de ese gesto hay cientos de motivos: un ERTE, el duelo por la pérdida de un familiar o incluso una separación sentimental. En España es común tratar aspectos sociales de la vida con fármacos: “Estamos intentando resolver problemas emocionales o laborales con dopaje, en lugar de aprender a manejar el estrés de la vida cotidiana”, afirma el Dr. Antonio Cano-Vindel, Catedrático de Psicología de la Complutense y presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés.
““Estamos intentando resolver problemas emocionales o laborales con dopaje, en lugar de aprender a manejar el estrés de la vida cotidiana” Antonio Cano-Vindel“
Normalmente el uso de estas pastillas no debería prorrogarse más de unas cuantas semanas, pero esta premisa no suele cumplirse: “Tenemos gente que lleva tomándolo décadas y terminan siendo adictos”, asevera el catedrático.
Es fácil y rápido. Las benzodiacepinas te aíslan de las emociones y te ayudan a seguir. Alivian, pero no curan. Como un torniquete. A su rápido efecto se le suma la ligereza con la que se recetan desde las consultas de atención primaria: “La gente no sabe lo que se está tomando”, afirma Cano-Vindel. Además, asegura que no se está “advirtiendo de las consecuencias que tienen estos fármacos''.
Existe un barniz social que exime al medicamento de cualquier contraindicación: no puede ser malo si sale de la consulta de un centro de salud. Gemma Maudes, psicóloga y subdirectora del área de género, drogas y familia de la Fundación Salud y Comunidad, puntualiza: “Tomar medicación muchas veces es sinónimo de cuidarse, pero es un error. Están consiguiendo lo contrario”.
Para Maudes, uno de los problemas del exceso de consumo radica en la facilidad que hay para adquirir estos fármacos: “El acceso a este tipo de fármacos es prácticamente inmediato. Sin necesidad de tener ningún diagnóstico puedes estar tomando esta medicación. De hecho, en los últimos tres años se ha triplicado el consumo y hay más gente tomando este tipo de medicación que personas diagnosticadas con este tipo de dolencias”, reconoce la doctora.
Daniel Martínez, psicólogo de la fundación Recal, advierte el peligro que esto supone: “Tenemos un problema y las cifras lo marcan y lo señalan. Se dice que tenemos la mejor Sanidad, pero en cuestión de salud mental no creo que sea la mejor”.